helicoptero

En proyecto de tres años se medirá presencia de metales pesados y carbono negro en los hielos.
Fuente: El Mercurio, 6 de marzo de 2016.

Santiago está demasiado cerca de la cordillera. Tan cerca como para que los glaciares reciban el efecto de la contaminación por material particulado que desprende sin pausa la gran ciudad.

Un equipo de científicos les sigue la pista a esas partículas contaminantes, que se trasladan con los vientos hasta la cordillera y se depositan sobre la nieve en los glaciares “blancos” o descubiertos.
El climatólogo suizo Fabrice Lambert, profesor del Instituto de Geografía de la Universidad Católica, lidera el proyecto que rastrea las huellas de la contaminación de Santiago en los glaciares, que hoy son foco de preocupación porque están disminuyendo.

Junto a él trabajan como coinvestigadores Francisco Fernandoy de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello (Viña del Mar), y Ariel Muñoz, del Instituto de Geografía de la PUCV, quien realizará análisis de anillos de árboles a distintas altitudes y en la ciudad.

Durante febrero último se realizaron las tres primeras expediciones en helicóptero a los glaciares cercanos a Santiago (Juncal Sur, Olivares Beta, Bologna), con el fin de extraer con un taladro hueco “testigos” -un cilindro de unos 6 centímetros de diámetro- de varios metros de profundidad y extraídos a entre los 4 mil y 5 mil metros de altura. Lo que se busca, explican, se llama “neviza”, es decir, una serie de capas que se van acumulando año tras año, por décadas, sobre el hielo más duro del glaciar.
“Con los testigos vamos a poder medir contaminación de metales pesados y otros elementos químicos. En cada año vamos a tener una comparación con los datos de la contaminación que hay en Santiago y la que encontramos en distintas altitudes”, explica Lambert.

Polvo negro que acelera derretimiento
Los glaciares, dice, están perdiendo su masa por el cambio climático, por altas temperaturas y menores precipitaciones, pero “hay un tercer componente, que es la contaminación urbana e industrial”.

El carbono negro, un producto de la combustión incompleta de derivados del petróleo, forma parte del material que está en la mira. “Si ese polvo cae sobre el glaciar, eso hará que la nieve esté más negra y absorberá más energía solar, va a tener más temperatura y se va a derretir más rápido”, dice Lambert.

El geólogo Francisco Fernandoy, de la U. Andrés Bello, en su laboratorio de isótopos estables está a cargo de uno de los “testigos”, que esta vez llegó a una profundidad de 5 metros, para analizar “las capas de nieve que se acumulan sobre el glaciar igual que una torta milhojas”, según describe. Su trabajo en el laboratorio permitirá, a través de señales químicas, identificar distintos eventos climáticos, ver si ha aumentado o disminuido la precipitación y los cambios en las temperaturas para distintos años.

Otros dos testigos, captados en el mismo lugar, fueron enviados al Instituto Paul Scherrer a Suiza, donde la investigadora Margit Schwikowski hará los análisis químicos de iones, partículas y metales pesados.

El proyecto denominado Santiago Pollution in Andean Mountains se extenderá por tres años y cuenta con financiamiento Fondecyt. En paralelo, Lambert con el glaciólogo Gino Casassa, quien también participó en estas expediciones, avanza en otros proyectos para medir el contaminante carbono negro que alcanza los glaciares en otras ciudades del país.

Metales pesados en los árboles
El proyecto contempla un muestreo de árboles, a distintas altitudes para detectar la presencia de metales pesados. Ariel Muñoz, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), especialista en cambio climático, realizará el análisis de anillos de árboles, cuyo registro define como “la memoria de la naturaleza”.
En Santiago ya se hizo un primer muestreo de anillos en la Quinta Normal en varios cedros añosos, los que están en proceso de análisis. En la precordillera de la Región Metropolitana y a distintas altitudes se harán los próximos muestreos. “Tenemos puntos en distintas elevaciones. Hemos seleccionado parques en la cordillera, en El Arrayán y en Yerba Loca”, explica.
La idea es poder trazar el transporte de los contaminantes y cuantificar las huellas que van dejando estos elementos en su camino al glaciar. Si se logra reconstruir un lapso de 50 años, como es la meta, dice Muñoz, se podrá evaluar si las medidas tomadas en ciertos tiempos surtieron o no efectos esperados en las distintas décadas.
“Si estos contaminantes llegan a los glaciares, no solo están en la ciudad, sino que en su traslado queda una huella en los ecosistemas entre la ciudad y la alta montaña”, dice.

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